Texto de José Guerrero

Z.

(Breve biografía no contrastada)




A Zaida Cordero.




1. El nombre



Cuando las expertas manos enguantadas lograron por fin sacar al bebé y una enfermera lo recogió presta y pareció que se lo llevaba a un rincón pero volvía al momento con ese principio biográfico púrpura y quieto entre sus manos, y el médico lo agarraba de nuevo y después le metía la punta del índice en la boca minúscula y le pinzaba la naricita para vaciársela y el recién nacido seguía como sin darse por enterado, el padre de la criatura sintió tanto miedo como en las horas previas a su primera exposición de pintura, siendo un joven atormentado por el estilo y una incipiente calvicie, que recorría los pasillos de la galería pensando que aquellos cuadros allí colgados se reían de él o lloraban de pena por él.
Quería preguntar si todo iba bien, pero no podía despegar los labios y se sentía culpable ¿culpable de qué? y permanecía inmóvil, agarrado a su nikon, y con todos aquellos cuadros chorreando algo que no era aquello que chorreaban en el pequeño estudio mal iluminado y que le había proporcionado algo muy parecido a la orientación definitiva.
El médico parecía tranquilo cuando la enfermera anunció: quince segundos. Alzó a la niña, porque era una niña lo que de allí había salido, y comenzó a soplarle en la cara con suavidad. Llórame bonita, anda, princesita, llórame, decía el médico divertidamente. Veinte segundos, dijo la enfermera. Y fue justo entonces cuando el padre, sin saber como, apretó el disparador de la cámara y un fogonazo de luz congeló aquella escena y atravesó la piel fina del bebé, atravesó la grasa, la carne nueva y los huesos gomosos, se filtró por la sangre, iluminó los minúsculos órganos como la fruta embrionaria de un bodegón tenebrista, convirtió las células en micro galaxias convulsas, apareció por detrás de los ojos y los llenó como ampollas, subió por su garganta virgen como la luz de un coche que atraviesa un túnel y salió despedida en la forma de un llanto tan tremendo que nadie oyó a la enfermera cuando dijo veintiséis segundos, al padre cuando dijo hágase la luz y a la madre decir ¿no se les golpea en el culo?
Tiempo después al padre le gustaba comentar que a su hija la resucitó el destello de un flash como a Picasso el humo de un puro y que el nombre de Zaida venía de cuando la enfermera le dijo que la niña había roto a llorar exactamente a los veintiséis segundos. Entonces él preguntó a que letra correspondía la posición veintiséis en el abecedario , porque estaba totalmente contagiado por el momento y en esos casos uno siempre busca señales o se las inventa y encima los nervios no te dejan pensar con claridad y recurres a alguien que esté emocionalmente desvinculado de todo eso y mucho mejor si es alguien acostumbrado a participar en la creación de esos milagros ajenos, encargados de su buen desarrollo, que están en el meollo de la cuestión como si dijéramos, que se manchan las manos, la punta de los zapatos, pero esa suciedad no les alcanza el alma o no más de lo necesario, no más de lo que el exorcismo de la costumbre les permite. Y la enfermera, que por algo era veterana y por tanto conocía de sobra las manías que podían acometer a los deslumbrados, mistificados progenitores, le dijo que puesto que el abecedario constaba de justamente 26 letras la cosa estaba clara. El padre entonces miró a la recién nacida, ahora en los brazos de la madre, tiritando como todo lo recién nacido. La abotargada fealdad fugándose del rostro de su mujer le resultó acogedora y remota. Como se llamaba el hotel aquel, el primero que pude pagar, nuestro primer hotel…
Hotel Zaida, contestó la mujer.




2. Las alergias



Un día de verano entró el padre en la casa y ordenó que nadie saliera al jardín. Se puso dos pantalones de chándal y dos sudaderas, unos guantes de nitrilo, en la cabeza se enrolló un pañuelo de fantasía de su mujer dejando libre los ojos, que cubrió con gafas de sol, y fijó toda la maraña con una gorra puesta del revés. Fue hasta la cocina y llenó de agua un cubo de plástico un poco por encima de la mitad. En este punto, su mujer, que primero se había reido al verlo aparecer así y luego le había reprochado que cogiera su pañuelo, quiso saber que puñetas pasaba, aunque considerando las medidas tomadas y la fingida circunspección de su marido, sospechaba que no debía de ser nada por lo que preocuparse mucho. Avispas, dijo él y salió al jardín con el cubo de agua y unos andares de explorador o de domador alucinado.
Se descorrieron las cortinas del ventanal que daba al jardín y madre e hija, esta encaramada en el respaldo del sofá, vieron a aquel hombre embozado aparecer por un extremo y avanzar decidido hacia un punto indeterminado entre los arbustos y los árboles frutales. Se detuvo junto a la tapia y dejó el cubo en el suelo, después se giró y cuando las distinguió tras el cristal les hizo un gesto que lo mismo podía significar que nadie se moviera o que le desearan suerte.
Al parecer, el peligro se hallaba en la barbacoa de ladrillo adosada a la tapia. Tras echar un último vistazo metió el brazo por la chimenea un momento, lo sacó y lo introdujo rápidamente en el cubo con agua y ahí lo mantuvo, espantando de vez en cuando avispas imaginarias con el brazo que le quedaba libre.

Una cara surge por encima del cubo lenta como una nube. Unos ojos muy abiertos inspeccionan el interior. Unas pocas todavía se mueven, otras se mueven solo si las miras mucho rato. Son mujeres vestidas de fiesta que se ahogan y quieren gritar pero no pueden porque se ahogan. En el fondo hay un castillo con muchas ventanas y en esas ventanas también hay mujeres que se esconden o se asoman y miran como se ahogan las de arriba pero en verdad no pueden mirar nada porque también están muertas.
Una mano agarra el borde del cubo. Es pequeña y muy blanca y tiene restos de esmalte azul en las uñas y en el dorso partículas de una vieja calcomanía. Las mujeres se mueven como si bailaran, mueven el culo y dan vueltas y vueltas, a veces en pareja y hasta parece que se besaran. Tienen los ojos pintados de negro y a cada poco, del castillo sale una pompa que sube muy rápido y choca con alguna de ellas y hace que dé más vueltas y más vueltas. Hace calor y sueño.
La mano desciende hasta el agua caliente y empalidece hasta el punto del lirio. No pasa mucho tiempo hasta que una primera naufraga engalanada se aferra a esa inesperada balsa y empieza a trepar por ella. Después otra, y otra más.
El grito sorprendió a los padres dormitando en el sofá. ¡Zaida! Aullaron al unísono.
La fiebre le duró dieciséis horas. La hinchazón cuarenta y ocho. Tenía cuatro años y veinte días y por más que pasado el tiempo desenrollara el carrete de la memoria, siempre aparecía aquel nudo que la impedía ir más allá de ese suceso que para ella constituiría el primer recuerdo nítido de su vida.

A los cinco años y doscientos noventa y cinco días entró en el estudio de su padre, algo que no le estaba permitido, sobre todo si él no se encontraba allí, como era el caso, ya que en ese momento atendía a un galerista en la planta baja de la casa. Pero estaba furiosa y con ganas de hacer daño a ese estúpido que le había pedido, con aquella amabilidad reconcentrada que lentificaba cada palabra que pasaba por su boca y que solo desplegaba en presencia de extraños, que se fuera a su habitación porque estaba haciendo demasiado ruido y papá tenía unas cosas importantes de las que hablar con aquel señor.
El estudio estaba oscuro y olía a sopa de verduras y a crema para zapatos. Sobre un caballete con ruedas distinguió un lienzo grande tapado con una sábana llena de manchas. Tiró de la sábana con rabia y se quedó mirando. No entendió nada. No había nada que entender. Cogió un pincel de un bote de cristal y luego pisó un tubo de pintura que vio en el suelo haciendo salir un fideo de un color que no pudo distinguir. Aplastó el fideo con la punta del pincel y luego se enfrentó al cuadro, aquel estúpido cuadro de su estúpido papá. Dudó justo el tiempo necesario para recrear en su mente una posible reacción inesperada: imaginó a su padre llorando. Pero entonces le llegó su risa desde el salón y el pincel se lanzó a embadurnar una parte cualquiera del lienzo.

Salió del estudio cuando oyó pasos que subían por la escalera. Corriendo se metió en su cuarto y se escondió bajo la cama. Esperó, notando como si el corazón diera un beso tras otro al frío suelo. Siguió esperando, intentando oír algo, pero del estudio solo le llegaban voces apagadas, como si hablaran en susurros. Finalmente, después de un rato salieron y volvieron a bajar. Tras unas palabras de despedida oyó cerrarse la puerta principal y luego a su padre que volvía a subir. Fue directo a la habitación y golpeó suavemente la puerta.¿Zaida? se que estás aquí. Sin esperar respuesta se sentó en la cama y la niña se estremeció ante el crujido que provoca el peso de los gigantes que habitan países flotantes y a los que es mejor no darles medios para bajar de ellos. El peso de la gente de muchos años, que pueden construir una casa o conducir un coche o echar a sus hijos fuera de la sala. ¿Sabes? A ese señor le han gustado mis cuadros. Le han gustado mucho diría yo. ¿Pero sabes cual es el cuadro que le ha gustado más? ¡Pues ese que tú y yo sabemos! Y se rió con tantas ganas y durante tanto tiempo que la niña salió de su escondite y se agarró a su rodilla para sentir esa vibración de gigante que pinta cuadros que gustan y ríen cuando no esperas que rían. Eso si, no se te ocurra volver a hacerlo, ¿me oyes Zaida? Jamás.
Al día siguiente le compró un bloc, lápices de colores, témperas y pinceles y hasta un pequeño caballete que tras lijarlo y luego barnizarlo, colocó en un rincón del estudio.


A los siete años y ochenta y cinco días experimentó su primer enamoramiento. El chico se llamaba Zacarías, así que es posible que la Z, la carestía de nombres que empiezan por esa letra, los uniera de algún modo, suponiendo que a los niños les importe ese tipo de cosas. Era Zacarías un niño extraño y violento, con una prodigiosa facilidad para socavar la confianza de los adultos y embelesar a sus congéneres con sucesos medio inventados en los que solía introducir siempre algún elemento perturbador, en una variante retórica del niño que, por ejemplo, lleva al colegio la navaja de su hermano mayor o el consolador de su madre escondido en la mochila y luego enseña a los demás chicos en el recreo. Sin embargo no se podía decir que fuera un mal estudiante o que se portara mal en clase; se mantenía al margen de la popularidad escolar ganada a golpe de travesuras y siempre realizaba sus tareas en los plazos exigidos. Hacía lo que se esperaba de el, sin laureles ni espinos, es decir, lo que se espera de un alumno corriente, lo que para los profesores era Zacarías. Pero eso si, manchado con cierto mundanismo prematuro, ciertos resabios de golfillo de Dickens, rozado por una pátina de desamparo y autosuficiencia animal que necesariamente hacía saltar su nombre en todas las reuniones de los docentes, rodeado siempre de variadas hipótesis, algunas especialmente ocurrentes, de puro manual de pedagogía todas las demás.

Un día la clase fue de excursión a una fábrica de dulces que estaba en un polígono industrial a las afueras. Allí les enseñaron todo el ciclo vital de un bizcocho de chocolate, desde la elaboración de la masa, que unas aspas hacía girar en unos recipientes enormes, para después pasar a una máquina que le daba forma redondeada, hasta el momento en el que esos círculos, no mayores que una galleta, viajaban en una cinta transportadora que daba mareo y luego eran depositados en unas bandejas grandes como puertas que metían en un horno que daba miedo. Cuando salían del horno eran como cinco veces más grande y entonces venía lo mejor: según desfilaban de nuevo por una cinta transportadora, como un escuadrón de ovnis, un tubo de metal bajaba hasta el bizcocho y lo rellenaba con crema de chocolate. El tubo hacía esto con un movimiento muy rápido pero al mismo tiempo muy suave, como para que el bizcocho no se diera cuenta de nada.

Tras la visita por los distintos módulos llevaron a los niños a un comedor, que era el que usaban los trabajadores de la fábrica. A todo lo largo de las mesas dispuestas en hileras habían distribuido todo un surtido de pasteles de los que allí se elaboraban. En una mesa del fondo comían varios trabajadores, algunos ataviados con gorritos blancos y una especie de delantal. Otros llevaban ese mismo gorrito colgando del cuello y se habían quitado el delantal y parecían cansados y contentos. Los que estaban de espalda se volvieron para ver entrar a los niños sin dejar de masticar un momento. Al principio, los niños parecieron abrumados al ver tanta maravilla multiforme apilada como para escenificar un sueño infinitamente reiterado, pero una vez distribuidos en las bancas, atacaron a discreción. Dos mujeres vestidas de calle llenaron vasos de plástico con zumo de frutas que llevaban en jarras de cristal. Cuando algún vaso se volcaba cualquiera de ellas lo limpiaba y sin dejar de sonreír los amonestaba de tal manera que casi era una invitación a que lo volvieran a repetir. Los trabajadores que comían en la mesa del fondo reían ahora a carcajadas y algún que otro niño descompuso su cara en una cómica mueca de asombro cuando percibió con toda claridad, la gruesa nota de un eructo sostenido. A Zaida la habían sentado justo delante de una bandeja de bizcochos rellenos de chocolate, en una mesa contigua a la de los trabajadores y también oyó el eructo y también vio como uno se dedicaba a rebañar la punta de un hueso largo, y otro un hueso redondo, que se metía en la boca, y otro chupaba la tapa de un yogurt, y otro daba caladas a un cigarro apagado y cuando la miraban le sonreían o le guiñaban un ojo y le hacían gestos como incitándole a comer.
Pero no podía comer. Miraba los bizcochos amarillentos, con ese ojo de chocolate en el centro, algunos con derrames como lágrimas que arrastraran al ojo entero, y cuando de pronto un bizcocho era raptado por una mano veloz, ella lo seguía hasta un primer mordisco, que desataba una hemorragia oscurísima, convirtiendo la boca en una trampa lenta y pastosa, en un agujero grosero por el que iban pasando los trozos con ruidos enfermos, con ruidos de viejos locos y de gusanos estallando.
Una mano se posó en su cabeza y cinco pequeños puntos de interrogación formaron una diadema de sien a sien. ¿Y tú por qué no comes hija? Era la profesora a la que momentos antes había visto al otro lado del cristal que separaba el comedor de unos aparcamientos, fumando y hablando con el hombre que había hecho de guía; giraba la cabeza para echar el humo sin dejar de asentir, como si quisiera crear en el aire una escalera para fantasmas. Aprovecha y no seas tonta, que estos glotones se lo comerán todo.
Una de las portadoras de zumo, la más joven, se puso a rellenar los vasos de plástico; el peligro de ahogo se intuía en cada carrillo inflado, en cada chasquido que emitían esas bocas enfoscadas. De la mesa de los trabajadores llegó ahora una risa ronca, casi un ronroneo diluido en un aire cargado con algo así como una electricidad de bajo voltaje que derramaban siete pares de ojos soñolientos o soñadores. La chica del zumo, revitalizados sus movimientos bajo el influjo de esa energía invisible como la gripe, cambió ligeramente de color y dejó vasos demasiados llenos o demasiado vacíos. Zaida aprovechó para meter rápidamente un dedo en el ojo de un bizcocho y untarse los labios con crema de chocolate para después simular una masticación más bien discreta. La chica del zumo se había acercado ahora a la mesa de los trabajadores y bromeaba y se dejaba bromear y finalmente accedió a servirles un zumo que no beberían.
De repente, una algarabía: risas que pugnan por salir como notas de un piano hundido en el barro, un llanto como de elefante acatarrado, entonces una increpación cortante de la profesora y un destierro inmediato a una pared con carteles publicitarios de pilluelos sorprendidos en variadas fechorías inocentes; Zacarías había estampado un bizcocho en la cara de su compañero de mesa.

Poco después, cuando hacían cola para montar en el autobús que los traería de vuelta, Zaida se topó con los ojos negros de Zacarías. Se había colocado a su lado y a ella le pareció que median lo mismo, que su pelo era bonito, sus labios valientes y que en su mirada se escondía un secreto que se reía por lo bajini.
Te estuve mirando, le dijo Zacarías, yo tampoco podía comer nada. Me pareció buena idea…aunque reconozco que la tuya fue mejor.
Y fue así cómo Zaida y Zacarías consiguieron volver a casa, sanos y salvos.




A los doce años y doscientos setenta y siete días, al llegar de la escuela, encontró a su madre ovillada en un extremo del sofá, cubierta con su albornoz celeste, sosteniendo su taza para el café en donde, a modo de ceremonioso aderezo, habían sido vertidas lágrimas de una mujer todavía muy joven, una mujer con grandes dosis de curiosidad intactas pero no siempre atendidas, provista aún de cierta inocencia, cierta torpeza a la hora de descifrar muchos de los códigos o avenencias tácitas que sostienen la vida adulta. Una queja debilitada que se hacía notar bajo condiciones especiales de silencio o sosiego, como la crujiente pieza suelta de una articulación mal curada en la juventud.
Las gruesas cortinas negaban la identidad a un día especialmente claro y la única luz provenía de una lámpara minúscula sobre la mesita del teléfono, en ese momento, mortecinamente asombrada de estar encendida. Pero era el televisor, con el volumen quitado, el que descubría los rasgos dilatados, las acuosidades retenidas como charquitos o huellas de lametones, los labios derretidos y brillantes.
Zaida dejó caer la mochila que llevaba a la espalda y solo entonces su madre reparó en ella, desanudándose, reincorporándose al ámbito de los gestos cotidianos, de las expresiones conocidas. Mamá ¿estás llorando? Dejó la taza sobre la mesa, se ajustó el mudo de la bata. Como si oliera un libro se paso las manos por la cara y continuaron haciendo un barrido por su pelo ondulado y todo eso con el desapego y la diligencia de la que una madre es capaz. Sólo tenía un poco de migraña, pero ya estoy bien. Descorrió las cortinas y aquel cuadro de Rousseau que era el jardín, con sus hojas selváticas, sus flores golosas, sus enredaderas espías, inflamó toda la sala con un aplauso luminoso. Zaida apagó la lamparita, más inservible que nunca, y se quedó mirando a su madre.
No has ido a trabajar, mamá, y estabas llorando. No me mientas ¿Qué pasa?
La madre hipó y por un momento pareció que se abandonaría a la inercia del desconsuelo como la nieve acumulada en una ladera tras una detonación. Pero palmeándose los muslos, consiguió reponerse y tomar las riendas. Vamos a hacer una cosa, me voy a dar una ducha y después cogeremos el coche y daremos una vuelta. Iremos a merendar y al cine si quieres. ¿Te parece bien? Me parece genial, pero no creas que así vas a escaparte. Le contestó su hija.

A Zaida le gustaba como conducía su madre y sentir el cosquilleo en el estómago cuando el coche se deslizaba por la amplia curva de la autopista que descendía en dirección a la ciudad. Una ciudad que desde allí arriba parecía de juguete. Le gustaba ver los caballos pastando en los baldíos escombrados. Las ruinosas chozas de madera coronadas con plásticos brillantes fijados con piedras. Los salvajes niños que a veces se veían jugando en las fangosas orillas del río con sus turbias corrientes de café con leche. El milagro de entrar en lo que hacía apenas unos minutos cabía en una mano. Le gustaba la voz de la radio, tan simpática, que lograba que todo aquello pareciera normal.
Se internaron parsimoniosamente por calles estrechas del centro, en donde minúsculas tiendas de todo tipo, exhalaban sus aromas. Dependientes pensativos, asidos a mostradores, se iban sucediendo como estampas de una linterna mágica.
Después salieron a una avenida ancha, resplandeciente de sol, que las llevó hasta un parque que rodearon, y entonces Zaida le dijo a su madre que un coche las estaba siguiendo.
-¿Qué coche Zaida?
- Es un coche negro y lleva ya un rato persiguiéndonos ¡mamá, te lo juro! ¡Disimula!
Se detuvieron ante un semáforo en rojo y la madre observó por el espejo que efectivamente un coche negro se iba deslizando suavemente hasta situarse justo detrás. La sombra del quitasol emborronaba el rostro del conductor, pero distinguió el fragmento brillante de una corbata roja.
- ¿desde donde dices que nos sigue?
-No lo sé exactamente mamá…creo que lo vi cuando cruzamos el puente.
-¿Qué puente, Zaida?
-no sé…el puente mamá, el puente.
- Bueno, pues ahora vamos a comprobar si de verdad nos está siguiendo. ¡como en las películas!
Y soltó una carcajada tan formidable, tan traviesa, que el semáforo no tuvo más remedio que darle la señal de salida. Metió la marcha y el pequeño morro asintió con dos botes, dando su conformidad a inminentes maniobras de despiste, y se lanzó al frente, chirriando de orgullo, poniendo unas ganas conmovedoras. Avanzaron por una calle que era un túnel de hojas y ramas y en la primera oportunidad giraron a la derecha y se adentraron en una calle con muchos portales. Aminoraron, mirando los espejos, ensordecidas por la escandalera de un millón de pájaros ocultos. Entonces apareció el coche negro doblando la esquina con elegancia. Aceleraron y continuaron hasta que pudieron girar a la izquierda y entonces se detuvieron detrás de un taxi que en ese momento cargaba tres generaciones de una misma familia. Se volvieron a mirar, y esperaron, acoplándose la canción que sonaba en la radio al pulso inconsecuente de todo el suspense que fuera posible aceptarle a una calle residencial de un barrio de clase media y a media tarde. El coche negro volvió a aparecer. Se lo tomaba con calma, realmente. Era como si estuviera seguro de poder encontrarlas por mucho que ellas corrieran o por muchos laberintos que dibujaran. Tardara más o tardara menos, al final el aparecería. Por supuesto, con elegancia, sin sudor, sin movimientos bruscos.
Madre e hija se miraron y sería tonto decir que en este punto ya debían de estar más que convencidas porque, como suele suceder en toda situación alarmante, la casualidad, esa fantasía anestesiante, tiene un cupo, y este suele ser variable; el cobarde tiende a refugiarse en la coincidencia perpetua para mantener alejado al destino y así no tener que admitirlo; el valiente quiere ser señalado por todas las estrellas y acepta el complot como la explicación más razonable.
El taxi se movió por fin y todos avanzaron con lentitud entre dos hileras de coches aparcados.
¿Tú lo conoces Zaida? ¡Yo no se quien es! Lo tenían pegado al culo y podían ver al conductor con claridad: una cara redonda y pálida, con ojos escrutadores y orejas picudas encendidas de sol. Ni idea mamá ¿y qué hacemos? No sigas para adelante, vamos por donde el taxi. De modo que, siguiendo al taxi, volvieron a girar a la izquierda, desde donde saldrían de nuevo a la avenida abovedada de hojas. El coche negro siguió de largo. ¡Es una trampa! Y entonces Zaida decidió que ya estaba bien y se desinfló en una carcajada que hizo a su madre dar un bote en el asiento. ¿Me lo vas a contar?, Mamá, ese hombre no nos estaba siguiendo, solo quería que salieras de la burbuja, no habías dicho nada desde que nos montamos en el coche…,¡Zaida, por Dios! ¿Como se te ocurre hacer estas cosas?, te juro que a veces me descolocas. Pero mira, ha servido mamá, y creo que te ha gustado y todo. Pues parecía que nos siguiera. Ya, pura coincidencia, pero reconozco que me puse nerviosa cuando ese coche se empeñó en seguirnos de verdad.
Imagino, Zaida, imagino…bueno, lo mejor será que vayamos a merendar de una maldita vez.

Dejaron el coche a la sombra de una iglesia que contemplaba una fuente como un perro adormilado un aspersor, y caminaron agarradas del brazo, parándose a mirar algunos escaparates, teniendo a veces que pegarse a la pared, al modo del amante sorprendido en la cornisa, cuando un coche quería abrirse paso por esas angosturas medievales, hasta que llegaron a una cafetería de dos pisos.
Zaida pidió un sándwich de jamón y queso y un batido de fresa. Su madre un sándwich vegetal y una cerveza servida en una gran copa, turbia de frío. No le digas a papá, ya sabes como se pone. Pero hoy precisamente, lo necesito. E hizo un mohín de perverso placer, con un penacho de espuma en la nariz, y a Zaida le entraron unas ganas tremendas de quererla sobre todas las cosas.
Se habían sentado en una mesa de la planta superior, junto a la ventana, y no había nadie más allí y cuando el camarero, un chico de increíbles manos huesudas, subía desde la planta baja, los crujidos sobre los escalones de madera era lo único que se oía. Zaida había esperado a que su madre se terminara el sándwich y dos tercios de la cerveza. ¿Me vas a decir por qué estabas llorando, mamá? ¿Entonces no tengo escapatoria? No la tienes. Es complicado, Zaida. Es posible que no me hubieras visto llorar antes, pero te aseguro que lo he hecho. Todo el mundo lo hace o todo el mundo debería de hacerlo de vez en cuando. ¿Por qué? Pues porque hay muchas cosas que piden unas lagrimitas para que puedan ser vistas mejor, con ojos más limpios. ¿Cómo cuales? Muchas cosas: algunas películas o mejor dicho, algunas partes solamente. Algunas cartas, algunas cosas que hemos hecho y quizá no estaban del todo bien. Y a veces, por supuesto, se puede llorar sin saber muy bien por qué, antes de saber para qué nos andamos limpiado los ojos. Se puede llorar, y este es de los peores llantos que pueda haber, precisamente por pura desesperación por no poder llorar y es este un llanto seco, rasposo, como si te pasaran piedras afiladas por el pecho. Naturalmente también lloramos para que otros nos vean más claramente o nos vean por primera vez. Bien, pero tú llorabas sola, y no veías ninguna película, ni leías ninguna carta y mamá, es imposible que alguien llore sin saber por qué llora. Quizás si se sepa, pero es como esa palabra que se queda en la punta de la lengua y no termina de salir o sale disfrazada y cuando por fin das con ella, resulta que la palabra correcta es mucho más fea, mucho más extraña y alejada de lo que queríamos decir, que cualquiera de las demás. Eso es lo mismo que cuando repites muchas veces la misma palabra. Bueno, si, es algo así también. Yo creo que soportamos muchas cosas porque la mayoría de las personas las pensamos una sola vez o dos o tres veces al día, no las suficientes y por eso es tan difícil ser verdaderamente fiel a algo sin que te mate el aburrimiento o el pánico. Las cosas son como son o parecen que son como son, para que la gente no sepa lo loca que realmente está. Para que tú y yo podamos estar aquí sentadas ahora, charlando tranquilamente y sin que tengamos que dudar que llegado el momento saldremos de aquí y nadie atrancará la puerta y una vez fuera, sabremos cómo volver a casa porque todo estará intacto, la ciudad de tus doce años y la mía de treinta y pocos y esa imagen no puede, no sabe, no debe invertirse nunca. Pues háblame como a tu hija de doce años y no como a una de tus amigas pijas. Lo sé cariño, pero a mi misma me cuesta entenderlo. Precisamente, ahora voy a contarte algo que me contó una amiga que tú no conoces porque hace ya tiempo que se mudó con su familia bastante lejos. Algo que creo tiene que ver con lo que trato de explicarte. Esta amiga, después de casarse, vivió unos años en un piso que estaba justo enfrente de un colegio. Cuando se quedó embarazada no dejaba de pensar en el momento en el que, desde la ventana, podría ver jugar en el patio a su hijo como ahora veía y oía a tantos otros hijos de otras madres. A veces veía a niños que le parecían demasiado pequeños y una vecina le comentó que en el mismo colegio había también una guardería. Un día fue a verla; era una especie de casita independiente, con tejas rojas, bordeada de árboles y a la que se llegaba por un senderito de piedras pintadas de verde. Imagínate. Así que pasó el tiempo y ella tuvo un niño precioso de verdad y antes de cumplir los tres años ya era un inquilino de la casita. La madre desayunaba cada mañana ante la ventana, esperando el momento en el que sacaban al patio a los más pequeños. Lo veía hacer un hoyo, lo veía caerse y levantarse como una burbuja de polvo. Lo comparaba con los otros niños y estos le parecían un poco peor hechos, más brutos. Cuando estaban en casa lo cogía en brazos y lo llevaba a la ventana y mostrándole el patio le explicaba, sintiendo que a lo mejor estaba estropeando algo, que ella podía verlo desde allí cada mañana, que podía verlo todo y le preguntaba al oído que hasta donde quería llegar excavando ese agujero en la arena. Y el niño, que ya sobrepasaba los tres años, se reía y se reía el pobre. Pero ella insistía sobre todo en hacerle entender que él podía verla a ella también, asomada a la ventana, con solo mirar un poco hacía arriba. Algunas veces se lo recordaba justo antes de dejarlo en la puerta de la casita. Pero el niño nunca parecía acordarse de esa posibilidad y se limitaba a hacer lo de todos los días, jugar, excavar, y en ningún momento hacía siquiera el amago de buscar la ventana. ¿Y por qué no lo llamaba? Imagino que no hubiera sido lo mismo para ella o tal vez temió pasar por una loca allí subida dando voces. Así fueron pasando las mañanas de muchos días, ella desayunando junto a la ventana, el niño haciendo sus cosas de niño en el patio, sin mirar jamás a la ventana. Aparte de eso todo era como ella deseaba; el niño la adoraba y su alegría al verla a la salida era una curiosidad que provocaba suspiros. Una verdadera monada que debía dar ganas de comérselo vivo. Una noche tuvo un sueño: como cada mañana se acercó a la ventana con su taza de café. De pie, inmóvil en el patio, estaba su hijo, mirándola directamente. Entonces despertó, y se dio cuenta de que estaba muy asustada y que le sería imposible volver a dormirse. Así que se dedicó a lo que se dedica uno en estos casos, a darle vueltas al coco, con ese odioso panorama de haber sentido miedo cuando vio a su hijo haciendo lo que ella tantas veces le había pedido. Y al final comprendió, como cuando en la oscuridad te dejas guiar la mano hasta el interruptor, que muchas de las cosas que deseamos no suceden sencillamente porque esas cosas son a veces incompatibles con la cordura del mundo, del mismo modo que la locura del mundo puede llegar a ser incompatible con nuestros deseos, que son monstruos que se ven presentables, hasta guapos, pero ay, cuando salen fuera, son cabezones y patosos, orgullosos y tragones, y hay que estar pendiente de ellos para que no se vayan cagando por todos lados o matando a alguien o planeando nuestra propio asesinato. Hay que desear, tú debes seguir deseando, todos debemos tener nuestra legión de monstruos, pero uno de esos deseos, el que debiera vigilar el ímpetu de todos los demás, tiene que ser el de que el momento sea el apropiado, y éste es justo cuando el diablo está espiando al dios que juega a hacerse el dormido, cuando la manzana cae con el sabio ya lejos, cuando casi nos hemos olvidado de que deseábamos eso que de repente comienza a ocurrir.

Cuando volvían a casa, arropadas por el íntimo desplazamiento del coche, mientras anochecía sobre los parques y las calles todavía concurridas, y las farolas contraatacaban asumiendo el papel de entintar recodos y narcotizar rostros pasajeros, y mientras dejaban atrás la ciudad y sus almas errantes y aparecían los campos yermos y a lo lejos una sola ventana iluminada en medio de toda la oscuridad que se había tragado los caballos y las piedras y hasta el río entero, y por unos instantes aparece una mujer con coleta, aureolada de vapor; quizás la madre de los chicos que vio junto al río, que prepara la cena, mientras estos todavía vagan por ahí, con todo tan oscuro y esa sola ventana microscópica para guiarlos de vuelta; mientras todo se rendía y se envenenaba de frío y abandono, Zaida tuvo la tentación de hacerle dos preguntas a su madre. La primera: ¿era ella uno de sus deseos monstruos? La segunda: ¿por qué había llorado realmente?
Pero al final decidió que el momento apropiado ya había pasado; que penetrar en el laberinto adulto cargada con su propio laberinto, requería de una determinación, de unas ganas de dejarse llevar por la aventura y el despiste, que en ese punto del día, ya le resultaba imposible reunir.



¿Puede aún hoy existir un lugar dentro de una casa, después de tantos siglos de persecuciones, avaricia, celos, grupos clandestinos, asesinos en serie, desertores, negocios turbios, juegos para niños enclaustrados, mujeres prudentísimas, hombres desconfiados y legiones de fumigadores profesionales, un lugar que jamás se haya usado como escondrijo, un lugar no violado por ningún secreto, virgen de complicidades, sorpresas, pruebas inculpadoras, ajeno a la selección natural del camuflaje?

A veces resulta más fácil que la tierra devuelva uno de sus polvorientos fósiles milenarios a que una casa confiese poseer un secreto olvidado, un extravío sigiloso.
Zaida tuvo que vivir exactamente catorce años y trescientos cincuenta y cinco días para que uno de esos tesoros fuera cedido de nuevo al mundo. ¿El modo? De lo más vulgar: escupido por un cajón, huraño como la tapa de un nicho; relegada y consabida arca para facturas, prospectos, alevosas tijeras, pilas, y en el caso que tratamos, un sobre de tamaño mediano lleno de fotografías. ¿Qué andaba buscando Zaida?: apelando a los propietarios de mascotas que alguna vez hayan sucumbido a la desesperación de haberla perdido, agotadas todas las búsquedas que ampara el sentido común, se puede decir sin asomo de extrañeza, pues la penosa frustración es inagotable instigador de extravagantes posibilidades, que buscaba un hamster color canela, llamado Rufián, Rufi, Bicho, que llevaba ausentado de su jaula unas dieciocho horas.
Vayamos al sobre. Contenía este: Una fotografía a color en la que aparece una mujer morena muy joven, con tejanos blancos y jersey azul. Sonríe, entrecierra los ojos para protegerlos del sol. Su pelo es abundante, vigorosamente expandido. La mujer está sentada en un muro bajo de piedra y detrás, el abismo de un cielo azul y un valle verde. En su mano derecha un cigarrillo furtivo y junto a ella, sobre el muro, la nebulosa fulgurante que el sol arranca a un envoltorio de papel de plata, un mapa de carreteras, una cajetilla de tabaco, unas gafas de sol y lo que parece el ectoplasma de un duende. Una fotografía a color en la que se ve a la misma mujer, esta vez con un vestido veraniego amarillo y una gorra blanca, mirando cómo una ola que retrocede, se agarra a sus pies para llevársela. Una fotografía a color de un borroso beso; dos perfiles encajados y una V blanca sostenida por la frente. Una fotografía a color de un hombre joven, vestido con unos tejanos azules cortados por las rodillas y una camiseta de rayas verdes y blancas, sandalias. Es corpulento, está sentado en la roca negra de un rompiente y en un cuaderno toma apuntes a lápiz de una medusa escollada que tiene a sus pies. Una barba de varios días y la tensión filamentosa de su brazo moreno, le da un aire de naufrago, de naturalista entregado. Una fotografía a color de la misma mujer, ahora desnuda, sorprendida cuando se daba una ducha con las cortinas abiertas. Cómicamente indignada, juega a taparse. Se aprecia las huellas del bikini, un cardenal en el muslo derecho, un tono quizá demasiado intenso en los labios y reflejado en el espejo, un cartel publicitario con las vistas aéreas de un enclave con columnas, terrazas y jardines, sobre una alfombra de pinos, flanqueado por un mar casi negro, y en revolucionario rojo, ADIAZ LETOH. Una fotografía en color del hombre de la barba, tumbado en la cama, desnudo. Con las manos en la nuca sonríe mostrando los dientes, el pene descansa sobre el muslo izquierdo. El pecho peludo, el vientre rojizo, la planta de los pies como dos llamaradas. A intervalos, a través del sistema montañoso de las sábanas, puede apreciarse un magnifico ejemplar de caracola erizada de púas y el lago de sangre de una prenda de satén. Una fotografía a color de la mujer sobre la cama, en decúbito lateral, desnuda. Apoya la cabeza en la mano izquierda. Su mirada es espesa, como si mandara una señal a través de varias capas de vapor y anhelo. Se muerde la punta del dedo índice de su mano derecha. Del vello del pubis corre una procesión de hormigas huyendo hacia el ombligo y las rótulas encajan entre sí como un juguete prehistórico. Una fotografía a color de otro beso en primer plano. Éste más nítido: sin tocarse los labios, dos lenguas forcejean y se achatan; un beso sin envoltorio. Una fotografía a color en plano cenital de un pene inflado, furioso, que desaparece por entre el tumultuoso oleaje capilar de una cabeza resquebrajada por un rayo zigzagueante. Una fotografía a color de la mujer, agachada, con el vestido amarillo; trata de ganarse la confianza de un gato gris que se asoma tras un macetero enorme. Cinco fotografías de menor tamaño, en blanco y negro, que muestran a la mujer, desnuda y de perfil, en distintas etapas del embarazo. Una fotografía a color del hombre, sin las barbas, y de la mujer, sin asomo del vientre, subidos ambos a la misma bicicleta; ella sentada sobre la barra, agarrada al cuello del hombre, con las piernas estiradas y muriéndose de la risa. Él, con la lengua pegada bajo la nariz, lucha por mantener el equilibrio entre las pedregosas roderas de un sendero de montaña. Y por último, una fotografía a color de un quirófano; una escena coral escorada hacia la izquierda como si hubiera sido tomada en alta mar, durante una tempestad. Se ve a una enfermera de anchas espaldas que se asoma por encima del hombro de un médico aguamarina con los carrillos de Eolo y que sostiene ante sí a un recién nacido tintado de moras y grosellas, y entre las piernas de éste y los codos de aquel, el rostro oblicuo de la mujer, con la vigilancia y la ansiedad aflorando de las blancas medias lunas de sus ojos fijos.

El sobre volvió a ser enterrado entre facturas. De noche, ya acostada, Zaida lo sentía palpitar, emitir una especie de discurso o chasquido muy leve de algo que estaba vivo, como si después de todo, Rufián estuviera verdaderamente allí metido. Le subía entonces, como filtrada del colchón, una fiebre que le trepaba por las orejas y se le hundía en las mejillas; un vaho de menta que le rodeaba la cintura y se condensaba entre los muslos como si una boca húmeda le diera besos ahí abajo muy delicadamente, tan solo tocándola con el aliento pespunteado de una respiración indecisa, atormentada. Sucumbía ante una transformación de perspectiva: la cama crecía alejando los acantilados de sus bordes hacia los confines del silencio absoluto. Desorientada, extasiada en rigor mortis, se abandonaba en una deliciosa caída libre, sintiendo que partes infinitesimales de su cuerpo se iban desprendiendo y arremolinándose en un espacio más limpio y flexible, donde volvían a reagruparse con una nueva y untuosa cohesión que irremediablemente la conducía al profundo sueño de los bienamados.
A falta de una semana para su cumpleaños, el padre le preguntó si había algo que quisiera o necesitara especialmente. Y como si no fuera ella la que hablara, sin tomarse ni dos segundos en pensarlo, como si alguien dentro de ella ya lo tuviera pensado hacía mucho tiempo y hubiera sopesado concienzudamente las posibilidades que le brindaba esa posesión, dijo: sólo quiero tu vieja cámara de fotos.




3. La magia


Del diario de Zaida, con fecha del 11 de Octubre de 1999: “He descubierto un nuevo país. De momento parece ser sólo mío. Cuando lo encontré daba un poco de pena, de lo sucio y abandonado que estaba. Incluso había animales muertos. Me he pasado arreglándolo una semana entera yo sola. Tiene árboles milenarios y estatuas antiguas, algunas con alas, pero tan negras que más que ángeles parecen demonios. Pero estos demonios ya no me asustan y siento que vigilan y protegen la gran casa. De momento me guardo el secreto y soy yo la reina absoluta. Pero una reina solitaria y trabajadora ¿pues cuando se ha visto a una reina agarrando a un gato muerto por la cola o barriendo hojas o arrancando tablas de las ventanas?
En algunas habitaciones he visto señales inquietantes de moradores recientes: restos de un fuego, ropa, pintadas y cosas así. Temo que un día vuelvan y me pillen desprevenida, haciendo la siesta bajo la cúpula o regando las flores que me he traído del jardín de casa (espero que papá no se dé cuenta). No sé qué podría hacer en un caso así. Soy tan [incomprensible] pero también soy valiente y lista y estoy dispuesta a cubrirme con una sábana y hacerme pasar por un fantasma si fuera necesario.”

Hay días que nacen envueltos en una niebla tan cerrada que parece el final de los tiempos, aunque quizá fuera así también el principio del mundo: un gigantesco lienzo en blanco, una verdadera pesadilla para cualquier artista, si no eres Dios, claro. Fue ésta una mañana otoñal en la que Zaida, contra toda congruencia óptica para quien todavía es un amateur, realizó lo que podríamos denominar su primer trabajo fotográfico serio. Durante los meses previos se había dedicado a disparar indiscriminadamente, siempre dentro del perímetro del hogar, ya fuera a sus padres, a una tarta recién salida del horno, a una puesta de sol licuada por un enramado profuso o a las máscaras africanas que adornaban las paredes del salón. Poco a poco fue aprendiendo el mecanismo de ese ojo, las susceptibilidades de su párpado laminado, su sanguíneo matrimonio con la luz.
En un pequeño petate metió un bocadillo, algo de fruta, una botella con agua, varios carretes Kodak y un paquete de chicles. Se colgó la cámara al cuello y salió de la casa, dejándose tragar por aquel polvo fresco que era como el fantasma helado de una tormenta de arena. A medida que el sol invisible ascendía e iba dejando notar su perforación sosegada, aquí y allá se dejaban ver siluetas un poco más densas, tocadas por brillos de un dorado cadavérico. Vio aparecer a un perro conocido masticando el aire. Vio una tira azul tensada hacia la nada. Vio a su vecino agarrado al final de la tira azul. Tres primeras fotografías.
Recorrió durante horas aquel domingo amortiguado en el silencio y la confusión de un lento despertar postoperatorio que, despojándose uno a uno de sus velos, fue pasando de la insinuación y el misterio a la exhibición descarada de sus dones y miserias. Caminó por todo el pueblo y también por sus alrededores, haciendo sólo un alto, pasado el mediodía, para comer en el parque municipal, donde se le unió el jardinero, un hombre gigantesco, que desplegó un raído mantel sobre la hierba, en el que luego puso una porción de queso, un racimo de uvas y un plato en el que vertió una especie de guiso que extrajo de una cazuelita que parecía sacada de una cocina de juguete. Todavía a mi edad prefiero comer al aire libre, si el tiempo acompaña. Siempre digo que vivo en el jardín de un obispo y que duermo en la celda de un monje. Dijo esto último señalando con la barbilla hacia una pequeña construcción de ladrillo rojo, revestida de hiedra oscura y situada al noroeste del parque, entre abedules de plateada corteza. Treinta años llevo cuidando de este parque y veinte viviendo aquí mismo, desde que me dejaran quedarme, y no puedo decir que tenga más motivos que cualquier otro para no ser feliz ni para todo lo contrario, pero han sido más la veces que me he sentido afortunado de la vida que he vivido aquí. Y el jardinero atacó a las uvas que un momento antes había ofrecido a Zaida y esta había rehusado, directamente del racimo, estirando los labios como un oso. Zaida, como impulsada por un acto reflejo, apuntó y disparó con su cámara y después gesticuló el coqueto sobresalto de un ¡oh! pero al hombre no pareció molestarle lo más mínimo. Verás, yo he visto crecer este pueblo y con él a su gente, os he visto desde cachorritos corretear por aquí mientras yo miraba que todos los columpios estuvieran en condiciones, podaba las ramas con peligro y demás tareas, y entonces, un día, yo empezaba a ser el ogro del bosque de vuestros juegos, no sé como ocurría, sencillamente un día os sentía espiando fuera y a veces tirabais piedras a mi ventana, eso sí, piedras pequeñas y si yo me asomaba, solo asomarme sin más, vosotros corríais como conejos dando unos gritos tremendos y aquello, mentiría si dijera que no, me divertía casi siempre. Poco tiempo después, porque al final todo es muy deprisa, esos mismos niños, ya más crecidos, se aburren de mí y se meten de lleno en los ritos del cortejo amoroso. El jardinero sacó de la cesta una botella de cristal verde y dio un buche generoso y Zaida volvió a disparar. Y entonces, delante justo de mis narices, en lo que es el jardín de mi casa, tengo a una manada de jovencitos jugando a partirse los huesos por la gloria de una mirada y bueno, el ciclo viene a ser el mismo siempre, cuando al fin se llega a una conclusión es como si se evaporaran y a veces tengo que ser yo el que los ahuyente y los haga salir de los matorrales como si fuera un perdiguero y bien saben muchos padres las desgracias antes de tiempo que yo les he ahorrado aunque luego agarren el coche y tiren para el barranco de los olivos y allí no hay tu tía. El viejo siguió bebiendo de la botella y relatando y a Zaida, que se había echado de espaldas en la hierba, le empezó a entrar un sopor de lo más convincente.

Del diario de Zaida, con fecha del 20 de Octubre de 1999: “Esta mañana, en un descanso, le he contado a Lola lo de mi país secreto. No mostró mucho entusiasmo, la verdad, pero no me importó porque solamente era que aún no lo había visto. A pesar de todo se ofreció a acompañarme cuando saliéramos. En el camino me habló de un chico pero no sé realmente de quien porque yo no la escuchaba pensando solo en la cara que pondría. Sería sobre uno de tantos (!por si un día lo lees, sabes que lo digo de bromita y que te adoro!). Cuando llegamos ya llevaba un rato despotricando; no sé por donde se había imaginado ella que quedaba esa zona pero desde luego no imaginaba que terminaría arrastrando el culo. Muchas risas cuando la Lola intentaba subir la tapia. Ojo, no es fácil: una vez tienes cada pié en su agujero has de impulsarte con los brazos y llega un momento en el que estas allí colgada, ridículamente colgada, ni para adelante ni para atrás, y entonces tienes que ayudarte con la punta de los pies y si te entusiasmas demasiado corres el riesgo de caer de cabeza por el otro lado. La bajada se hace más fácil gracias a una pila de mármol pero aún así, de momento, no hay más remedio que descartar a las amigas menos atléticas.
Una vez dentro, Lola se asustó y fue uno de esos momentos en los que te das perfecta cuenta de algo, de cómo es alguien en verdad. No sé si puede llamarse admiración a eso que a veces yo siento o sentía por ella. Porque también había algo de indignación, de miedo, y alguna vez, por qué no decirlo, algo que se parecía a la envidia. Es suficiente con observarla un ratito para ver enseguida que es alguien que convence, que alegra, que abrirá muchos regalos en su vida, que llorará y reirá siempre con ganas, que partirá corazones demasiado delicados, que si no la caga mucho, tendrá suerte.
Y allí estaba Lola, nerviosita perdida (“llamamiento” de morada, repetía), la misma Lola que luego se mete con cuatro en un coche, la que nos lleva mil vueltas de ventaja en lo que a chicos, madrugadas clandestinas, higiene y cosmética femenina, crisis de papás, se refiere. ¿No es sorprendente lo escondido que estamos en nosotros mismos?”

Cuando abrió los ojos se descubrió cubierta de hormigas y desplazada hacia un futuro de sombras alargadas. El jardinero, sentado como un indio, parecía haber entrado en trance: se mecía, movía los labios musitando algo; una cantinela incomprensible como el sonido de las hojas o la disertación de un sonámbulo. De sus ojos, de natural melancólicamente amables, emanaba sin embargo una violenta intranquilidad, una súplica escalofriante; eran como dos pozos donde hubieran caído sendos caballos y con las patas rotas relincharan desde las oscuras profundidades acosados por miles de siniestras ranas.
Zaida lo sacudió por un hombro y este volvió en sí y la miró con una expresión que parecía inquirir sobre la gravedad de la falta que hubiese cometido. Parecía usted muy triste. A usted por el contrario se la veía tan feliz durmiendo sobre la hierba que no quise despertarla. Ya se encargaron las hormigas. Las hormigas son sagradas. Tengo que irme. El jardinero intenta incorporarse y resoplando vuelve a dejarse caer. Mucho me temo, pequeña, que este viejo ha tomado demasiado sol. Deje que le ayude. Zaida toma uno de los brazos del jardinero y se lo pasa por encima de los hombros mientras este hace un esfuerzo por desplegar las piernas cruzadas, como un gato hidráulico, hasta que consigue ponerse en pié con un balanceo circular. Y de este modo, el jardinero apoyado en Zaida y ésta sintiendo el peso crudo de aquel derrumbe oscilante que la hacía hundirse en el césped, llegaron a la choza de ladrillo. En la penumbra, Zaida distinguió una cama lo suficientemente grande como para abarcar los casi dos metros del jardinero y en el otro extremo, aunque todo era una continuidad de tan apiñados que estaban, una mesa, un par de sillas, un pequeño fogón y un armario no más ancho que un ataúd. Pero lo que realmente llamaba la atención una vez que la vista se iba adaptando, eran las paredes, cubiertas de libros de arriba a abajo.
El viejo se había sentado en la cama y le indicó a Zaida una pequeña nevera eléctrica, de las que se encuentra en las habitaciones de hotel, sobre la que había apilados utensilios básicos de higiene y más volúmenes, y le dijo que creía podía encontrar dentro un refresco para ella y una lata de cerveza para él. Zaida vio entonces, junta a la nevera, un cubo lleno de botellas. Se abstuvo de coger el refresco y al viejo le llevó una botella con agua. El jardinero sonrió, ¡ay muchacha, no dejes que nadie te arrebate nunca esa fe! Sus ojos ya eran amables de nuevo y un poco tristes, pero volvían a tener el sostén de un brillito que disponía al sarcasmo. Dio un buche a la botella y se recostó en la cama. ¿Ha leído usted todos estos libros? Yo diría que la mayoría. Se acercó para fijarse en todo aquello: había tratados de botánica y horticultura, estudios ilustrados sobre especies de aves y sobre parques y jardines de todo el planeta, novelas de misterio, de vaqueros, de ciencia ficción y revistas de corte científico, todo ello sobre estanterías y apilados en el suelo y sobre la mesa. En un hueco desnudo había también fotografías recortadas de revistas.
Se preguntó donde haría el jardinero sus necesidades y entonces recordó que lo había visto salir más de una vez de los baños públicos del parque. Se fijó en una foto, la más grande, en la que aparecían Laurel Bacall y Humphrey Bogart y el hijo de ambos, componiendo una acogedora escena familiar. Sin embargo, mirándola más atentamente, le pareció que esa confortable atmósfera era tramposa; ella, sentada demasiado lejos, parece aburrida; la chimenea está apagada. Y luego esos tres enormes perros custodiándola, desaconsejando cualquier aproximación, perros, sin duda, bajo las órdenes de Humphrey. ¿Y qué ha aprendido leyendo todos estos libros? El viejo se quedó pensando, luego se incorporó sobre los codos. De los libros, de la vida, de todo he aprendido que lo más importante es conseguir a toda costa desembarazarse del miedo, conseguirlo cuando aún se es joven porque cuando eres viejo se te permite tener todo el miedo del mundo, precisamente, cuando ya no sirve de nada tenerlo o no tenerlo.
Un momento después el viejo ya roncaba y Zaida salía al parque de nuevo y tras mirar el cielo se decía para sí que aún disponía de un buen rato de luz.

Del diario de Zaida, con fecha del 16 de Noviembre de 1999: “A veces parecemos una compañía de teatro, otras, un atajo de costureras histéricas. Bajamos todos los muebles, que no son muchos, a la gran sala. Decoramos, reconducimos la luz y creamos ambientes del pasado y luego nos tumbamos en el suelo de madera y charlamos. Lola o Marta traen cerveza, lo que suele venir bien porque ayuda a que se suelten y se hagan más dóciles. Yo, si bebo más de medio vaso me envuelvo en algodón y me entra la pereza. Cada una trajimos de casa vestidos viejos de nuestras madres, sábanas, bisutería, peines, abanicos, zapatos, máscaras, etc. Tenemos hasta una estola de pieles y un búho disecado al que le falta un ojo. Todo sirve y todo sobra; al final son sus cuerpos lo que realmente me interesa; sus cuerpos indefensos en medio de un desorden de muebles viejos y telas gastadas que se abren y caen hasta los tobillos. Sus cuerpos desprevenidos, con su piel blanca recortada sobre la madera oscura, o acurrucados en el sofá, apretados, como si hubiera cocodrilos nadando alrededor. ¡Es tan sencillo humillar a un cuerpo desnudo! basta con un mal ángulo, una relajación, y ese cuerpo se vuelve tan vulnerable, tan ridículamente honesto, que uno no puede evitar emocionarse ante la infinita riqueza de su lenguaje. Porque al final siempre gana; de su desprevenida desfachatez surge esa misteriosa lealtad, esa cosa amable y cómplice de lo que todos nosotros somos.
El cuerpo de Lola es muy bonito. Es el más desarrollado, el más femenino; lo que siempre me lleva a preguntarme si no habrá una relación entre la velocidad en el desarrollo del cuerpo y la precipitación de los acontecimientos que en teoría deben de ir acompañando ese desarrollo, cogidos de la mano. Guarda misterios que el cuerpo de las otras chicas no expresa, por eso sus movimientos tienen otra gracia, una especie de cautela, de elasticidad gatuna, que le permite tomar siempre el atajo perfecto entre una pose y otra. Y eso es lo que yo pretendo capturar.
Pero he aquí que un rumor se ha extendido al grupo de los niños y estos han debido de pensar que aquí andamos todo el día en pelotas y haciendo orgías. Así que no han tardado en presentarse y todo se ha ido un poco al carajo. Más cerveza, cigarros, tonteos varios. Les hago de guía, en un intento más bien vano de hacerles saber que están en mis dominios. Rubén a traído unos focos de su padre, que es arquitecto creo. Mario, que es más práctico y preveía que allí no habría corriente, trajo velas y dos colchonetas hinchables. Dentro de la casa solo puedo fotografiar de día y tenemos que ir siguiendo al sol por todas las habitaciones. Podría saberse que hora es sólo por la habitación que ocupáramos en ese momento.
El cuerpo de Marta es flexible y fibroso, como el de una bailarina clásica. Un solo gesto dice tanto que cualquier cosa vale. Se colgó desnuda de la lámpara de araña, la muy loca, y salieron unas fotografías estupendas. Irene tiene un cuerpo más como el mío: sin dejar de ser bonito tiene un no se qué de torpe abatimiento; de alguna forma no logramos controlarlo del todo y se desata a veces en arranques un poco exagerados. Teatro de la vergonzonería. Pero cuando tengo mi cámara tengo un látigo que no tiene que restallar para que todos esos cuerpos llenos de energía se acoplen, ocupen su lugar exacto, me comuniquen lo que quiero ver, se sobrepongan a la humillación y me cieguen con su alegría y su rencor. Cada vez, cuando cae la noche, se hace más difícil irse a casa y las veladas se alargan y allí, tirados en el salón, a la luz de las velas, parecemos los últimos supervivientes huérfanos de una catástrofe. A los niños les brillan los ojos en la oscuridad y fuman más seguido. Ellas languidecen y sus rostros se abren como flores nocturnas con ese color melocotón del fuego. Ahora que el frío se ha puesto más serio, no tardarán en llegar las mantas, que es el artilugio de magia más cotidiano y efectivo del mundo.

Tres años después del comienzo de aquel ciclo de formación, Zaida tuvo su primera exposición, se metió en la carrera de Historia del Arte, entró a media jornada en una multinacional de la hamburguesa y finalmente aterrizó de cabeza, o de culo, como diría su padre, en un laberíntico piso de estudiantes.
La exposición se montó en una modesta galería del centro, a diez minutos caminando desde el nuevo piso. El dueño de la galería era un tipo de unos cincuenta años, que vestía su escualidez con tonalidades pastel y hablaba con unos susurros salivosos de lo necesario del arte, de lo ingrato del arte, de su lucha y su apuesta por los jóvenes talentos, de los gritos en mitad de un desierto que a veces era vivir en aquella ciudad. Mientras tanto, Zaida trataba de colocar sus fotografías siguiendo una especie de hilo argumental, con saltos en el tiempo (despreciaba la cronología). Un hilo que iba ensartando unas con otras, logrando a veces una curiosa continuidad de movimiento, la conclusión de una acción fragmentada en meses y años. Y la repentina certeza entonces de una vida circular, reciclándose con sus propios ecos, una vida de guiones traspapelados en el viento, un viento manipulador, exacto, que minuciosamente relacionaba a todos con todos, le hizo sentir un vértigo tan atroz, que la escalera sobre la que estaba subida comenzó a temblar, y el galerista, confundiendo aquello con la inseguridad propia de un joven artista ante su inminente debut , se apresuró a encomiar aquellas fotografías con la vehemente autoridad de la que solo un artista frustrado es capaz.

Sólo cuando aún se desconoce una disciplina, cuando no se posee una técnica y por tanto las reglas que la conforman no pueden suponer una ventaja pero tampoco una limitación, se hace posible que alguien que nunca ha pisado una bolera consiga un strike en su primer lanzamiento; que aquel que nunca oliera la pólvora, en su primer disparo, acierte de lleno en el corazón del ciervo; que el ser más solitario, de más arisca timidez, logre una noche épica conquistar a esa persona imposible; que una existencia circunscrita a la grisácea regularidad oficinesca, a la sumisa aceptación de lo que es porque sí, se vea de repente vapuleada por una visión aparentemente inofensiva y esa visión inicie la puesta en marcha de una conciencia vandálica, disconforme, que empieza por imitar una obra de arte y termina asesinándola y superándola. Y todo ello como si una amistosa energía les hiciera un regalo y diera una lección al resto, aunque, en el fondo, algo nos diga que la lección es sobre todo para los beneficiarios de la proeza en cuestión. Dicho esto, no es de extrañar que algunas de las fotografías que formaron parte de aquella primera exposición pertenecieran a aquel día que amaneció amortajado y en el que esa energía misteriosa participó guiando el ojo de aquella adolescente, cuajando entramados de luz y personajes y cosas en una especie de simbolismo de lo cotidiano, de extrañeza de lo familiar, como si de repente, el pan de cada día, reclamara su porción de irrealidad, las decimales ocultas de su locura multiplicada.
Una hora antes de la inauguración, fijada a las ocho de la tarde, todo estaba listo; el cava ya se había puesto a enfriar, los folletos estaban dispuestos en montones iguales, la sala a una temperatura agradable y las fotografías jugando a cambiarse de lugar.
El dueño de la galería preguntó a Zaida si querría música y de ser así si tenía alguna preferencia. Zaida observó sus fotografías como esperando que de ellas saliera el consentimiento y la petición de un acompañamiento musical.
¿Que tal Pink Floyd?
Bueno, de esos no tengo nada... pero si tengo un disco de música popular búlgara, completamente exquisito.
¿y algo de los Led Zeppelin ?
¿Conoces a Vlada Panivoshka? Es un músico serbio soberbio... ¡vaya! ¡Ja, ja, ja!
¿Velvet, Flaming Lips, Janis joplin....
...que son un grupo de chicos de varios países, virtuosos de la cuerda...
...Marley, Leonard Cohen, Cola And Company, Bowie, Ruffles ham...?
...rozando lo melancólico pero con una armoniosa médula de optimismo...¿qué?mira, lo mejor será empezar con Satie y luego ¡ya veremos!
Zaida miró la hora; todavía faltaban veinticinco minutos para las ocho y pensó que no había mejor forma de cubrir ese tiempo que bebiendo una deliciosa copa de cava.

Carta a Zaida del 13 de abril de 2005, enviada desde la clínica psiquiátrica Hermanas hospitalarias del sagrado corazón. Fragmento.
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Entró el padre a la galería con su sombrero jipijapa, el que se ponía cuando pintaba en exteriores, seguido casi de inmediato por un grupito de universitarias, alguna de las cuales todavía exhalaban el humo de sus cigarrillos recién abandonados, por sus boquitas ácidas y multigestuales. ¡Vaya! Mi hija ha tomado de lleno el camino de la bohemia, dijo, alzando los brazos y girando sobre si mismo con absoluta teatralidad. ¿no vas a servir a tu padre una copa de eso? Zaida decidió no entrar en su juego y llenó una copa para él. Lo encontró inusitadamente envejecido, como suele ocurrir cuando uno abandona la casa paterna. Lo vio con perfil feroz, altivamente burlón y con el desenfrenado optimismo agrio de los despechados. Sintió lástima e incluso empezó a arrepentirse de haberles contado lo de la exposición. Preguntó por su madre. Todavía debe de estar buscando aparcamiento. Cada vez me alegro más de haberme olvidado de conducir.
Llegaron amigos de siempre; los supervivientes de la infancia y la primera adolescencia. Otros de reciente adquisición; curiosidades que uno encuentra al final de una fiesta, engullidos por el sofá, como una moneda de raro acuño, o fumando solitarios en la cocina, y en los que Zaida había hallado cierta repentina camaradería, una sugestiva complicidad que aprobó el desengañador reconocimiento de la resaca. Más compañeros de la universidad, estudiantes de arte, que se aproximaron a las fotos pellizcándose la barbilla. Llegó la madre, con su sofisticada manera de sofocamiento (toallitas húmedas, sonrisa descreída y pañuelo desanudado), morena y con ese perfecto equilibrio entre la cercana alegría que latía de su cuerpo y esa especie de abstracción pura en la que a veces se sumergían sus ojos, su ser mismo, como si el curso de sus pensamientos se topara de continuo con telarañas frías. Y por último, es necesario señalar la entrada en la galería de un hombre, un hombre joven que no saludó a nadie de los allí presentes y que estos, de haber sido interrogados, habrían jurado no haber visto en sus vidas. Se deslizó como una sombra por entre el público, se sirvió una copa de cava, merodeó con el desapego ficticio de un carterista, apenas deteniéndose tres segundos en cada fotografía. Vació la primera copa y, excusándose con una delicadeza no exenta de una pizca de sorna, por tener que interponerse entre dos caras que conversaban, se sirvió una segunda copa. Siguió después deambulando por un extremo inexplorado de la sala y entonces si que ya se detuvo; interesado, estirando el cuello y bajando los hombros.

Carta a Zaida del 30 de Mayo de 2003, Danziger Strasse nº 11, Prenzlauer Berg, Berlín.
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Tres horas después, sobre las once, casi no quedaba nadie en la galería, y Zaida, tras una agotadora procesión de rituales de despedida y corteses acogidas de felicitaciones, se dejó arrastrar con alivio, por un grupo de entusiastas, hacia un bar cercano. Al poco rato, sabiéndolo de antes, lo vio allí, junto a la puerta y le hizo gracia el descaro con el que la buscaba por el bar atestado, moviendo la cabeza como si olfateara el aire. Después, todo fue un carrusel de bares y caras, de conversaciones fugaces, felices y absurdas, que aliviaban un poco la presión de la orina o la espera en la barra, y siempre él, aquí y allá, en la retaguardia, disimulando a veces la desesperación, restándole importancia a la embriaguez que le atenazaba el rostro.
Supo que él no avanzaría hasta quedar sola; era un cazador asustadizo y solitario. Un chacal con ojos de perro apaleado. Aquella pasividad expectante, obsesiva, la irritaba y al mismo tiempo la envolvía en un aura de peligrosidad secreta, que sólo ella intuía y creía merecer, aceptando en cierto modo su presencia como el hecho irremediable de haber dado un paso más con su exposición a ese adentrarse en el mundo, a ese exponerse a sus criaturas y a su amplia gama de sensibilidades.
Zaida fue hasta la barra a pedir otra ronda. Al momento lo sintió al lado, desprendiendo un vapor húmedo y caliente, transpirando como una patata hervida. Sintió el contacto de su brazo en el costado y después vio su cara aparecer a su derecha, descendiendo como una luna desinflada: – Esta noche estoy demasiado borracho, pero te espero mañana en ésta dirección…necesito hablar contigo…ah, no te preocupes por el perro, sólo quiere jugar…de todas formas lo tendré atado. Buenas noches – tras decir esto salió del bar sin esperar respuesta, tropezando, llevándose la mano a la boca como si fuera a vomitar.
Al día siguiente Zaida fue entrevistada en una radio local. Al salir del estudio decidió dar un paseo hasta el parque. Allí almorzó con el jardinero, sobre la hierba, como tantas veces habían hecho. Éste le dijo que hacía años que no bajaba hasta la ciudad, pero que rompería esa racha para ir a ver su exposición. Zaida le agradeció el cumplido, pero nada le resultaba más peregrino que imaginarlo montado en el autobús, caminando por las calles asfaltadas, desplazando su voluminoso y desgarbado cuerpo silvestre por la atmosfera artificial de la galería. Antes de despedirse, el jardinero le regaló “la vida de las hormigas” de Maeterlinck, en un hermoso volumen de piel que parecía muy antiguo y cuyo tacto rugoso recordaba al melón.
Sólo en determinados momentos del día le vino a la mente los ojos del perseguidor, su mirada de impotencia, la fiebre mohosa de su proximidad. Pero rápidamente pasaba a otra cosa y se olvidaba. A la noche soñó con él; estaba torpemente escondido entre los árboles del parque, espiándola, hasta que de repente salía a la luz del claro y avanzaba hacia ella, sin vacilar, mientras un chorro de vapor le subía de la cabeza, de los hombros, cada vez más espeso y virulento, hasta que finalmente, a pocos metros de ella, quedaba sólo la ropa húmeda sobre la hierba.
A la mañana siguiente buscó en los bolsillos de los pantalones y encontró la tarjeta con la dirección. Se duchó, se puso un vestido azul marino, desayunó cerezas y para cuando escupió distraída el último hueso en el bol, ya había decidido que iría a verlo.


Carta a Zaida del 13 de abril de 2005, enviada desde la clínica psiquiátrica Hermanas hospitalarias del sagrado corazón. Fragmento.
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Del diario de Zaida, con fecha 23 de Noviembre de 1999: “Todavía me duelen las rodillas, prueba evidente de que presencié el milagro. ¿De que sirven esos salientes si no es para contemplar un milagro de la única manera que se puede contemplar, para marcar en la arena el lugar exacto? Curiosamente también es la postura para rogar el perdón. La postura del éxtasis. Y además es la postura para hacer una felación, donde se pueden dar el éxtasis y el perdón.
Todo sucedió tal cual lo cuento:
Cuando salté la tapia debían de ser las seis de la tarde. Lo sé porque a esa hora una de las estatuas sostiene el sol sobre su espalda, fijado con la punta de las alas. En el salón vi las mochilas, los apuntes y los cuadernos desperdigados, insinuando un círculo en el suelo. Una manzana mordisqueada en el centro. Pero de los chicos ni rastro. Sin molestarme en buscar en las demás habitaciones de la planta baja, subí las escaleras. Encaré el pasillo y entonces vi que salía un resplandor por debajo de una de las puertas. Me acerque despacio, evitando los puntos crujientes del suelo. Mil, dos mil veces había cruzado yo ese pasillo de mi pobre casa. No tenía miedo, pero había empezado a oír unos ruidos que venían sin duda de la habitación resplandeciente, que es la que llamamos “la Sixtina” porque está toda cubierta de frescos, escenas de caza con cazadores autistas perdidos en un bosque con toda clase de bichos agazapados. En el techo el cielo ideal y aves de distintas latitudes, volando todas hacía el centro para partirse los picos. Me apoyé en la puerta y escuché. La puerta estaba caliente y entonces comprendí que habían encendido la chimenea. Un coro de psicofonías, gotas de dos litros estrellándose en el suelo, risas familiares… no sé como describir aquel sonido. No pude entrar, la habían cerrado o atrancado por dentro. Fui hasta una habitación contigua, a esa que llamamos “la sala de juegos”, porque se aprecia en el suelo la marca que dejó las cuatro patas de una mesa de billar, en la pared el círculo de una diana rodeado por una nube de mosquitos. Y aunque bien pudiera tratarse de una mesa pesada y un espejo, alguien encontró allí una ficha de póker, y eso basta. Me encaramé a la ventana y luego, de espaldas al resto del mundo, me pasé a la cornisa, una buena cornisa, y fui desplazándome, maravillada de lo fácil que era, hacía las primeras ventanas de “la Sixtina”. Los había fotografiado tantas veces, que los reconocí de inmediato. Lola, a horcajadas sobre Rubén, ambos en un sillón vuelto hacía la pared. Puedo ver la cara de Lola por encima del hombro de Rubén, puedo verla sonreír mientras observa como Mario embiste a Marta con un entusiasmo desesperado sobre la colchoneta, que está apunto de reventar por los extremos y más allá a Irene, con la boca increíblemente abierta dibujando una O, con un brazo sobre la cara y agarrando con el otro la cabeza de Jesús, alias “el chucho”, que husmea entre sus piernas mientras se toca, unas veces con distraída dulzura, otras con apretada energía.
No sé cuanto tiempo pasó hasta que todos se quedaron dormidos. Alegres excursionistas en el claro del bosque, abrigados por el fuego ahuyentador. Ante los ojos inmóviles e impasibles de leñadores, cazadores y alimañas. Ante mis ojos, que no pudieron distinguir el cielo estrellado hasta que no pasé un buen rato caminando por el jardín.
Estaba ya cerca de casa cuando oí las primeras sirenas a lo lejos. Espantosamente lógicas en la noche silenciosa, pues ya volvía yo sobre mis pasos a todo correr. Crucé la plaza de la iglesia e improvisé una súplica y cien metros después, al doblar la esquina, maldije a Dios, grité y corrí apretando los puños mientras el sonido de las sirenas te hacía perder el equilibrio. Pude distinguir la columna de humo, como un terrible dedo acusador, apuntando a mi mayor temor. Y entonces vi las llamas vivas, furiosas, abrazando la casa como un pulpo y las piernas se me doblaron solas y caí de rodillas, incapaz de seguir. Impotente ante la parsimonia de unos bomberos que creían vacía la casa. Imaginándomelos en la misma postura con la que los dejé dormidos, ahora en un sueño eterno y derritiéndose como cera esos cuerpos que poco antes gozaban, sudando vida.
Estaba a punto de agarrarme a la cola del desmayo supremo cuando oí susurrar mi nombre. Dadas las circunstancias, escuchar mi nombre susurrado, no me supuso mayor extrañeza, pero cuando lo escuché una segunda vez y una tercera, pronunciado ya con una ronquera de apremio, me concentré intentado averiguar desde dónde me llamaban. Me puse en pié como pude y me dirigí a los naranjos de la huerta que lindaba con la casa. Y entonces pude verlos: un grupo de seis fantasmas desnudos, que me hacían señas semiocultos tras los delgados árboles y no podían contener la risa, una risa traviesa, invencible, que se derramó por mis venas como la sangre de una naranja.
¿Tengo que decir que fue el momento más feliz de toda mi vida?”







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José Guerrero